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miércoles, 16 de enero de 2008

Adios, Aurora...

Pedro ha recibido su última tortura a manos del Capitán, y habla imaginariamente con su mujer antes de morir:

Mirá, Aurora, estoy jodido. Y sé que vós, estés donde estés, también estás jodida. Pero yo estoy muerto y vos, encambio, estás viva. Aguanto todo, todo, todo menos una cosa: no tener tu mano. Es lo que ma´s extraño: tu mano suave, larga, tus dedos finos y sensibles. Creo que es lo único que todavía me vincula a la vida. Si antes de irme del todo me concedieran una sola merced pediría eso: tener tu mano durante tres, cinco, ocho minutos. Lo pasamos bien, Aurora...
...vos y yo. Vos y yo sabemos lo que significa confiar el uno en el otro. Por eso habría querido tener tu mano: porque sería la ñunica forma de decirte que confío en vos, sería la única forma de saber que confías en mí. Y también de demorarme un rato en confianzas pasadas. ¿Te acordás de aquella noche de marzo, hace cuatro años, en la playita cercana a lo de tus viejos?. ¿Te acordás que nos quedamos como dos horas, tendidos en la arena, sin hablar, mirando la vía láctea como quien mira un techo interior? Recuerdo que de pronto empecé a mover mi mano sobre la arena hacia vos, sin mirarte, y de pronto me encontré con que tu mano venía hacia mí. Y a mitad del camino se encontraron. Fíjate que ese es el recuerdo que rememoro más. También tu cuerpo, tu piel. También tu boca. ¿Cómo no recordar todo eso? Pero aquella noche en la playa es la imagen que rememoro más. Aurora...
...a Andrés decíselo de a poco. No lo hieras brutalmente con la noticia. Eso marca cualquier infancia. Explícaselo de a poco y desde el principio. Sólo cuando estés segura de que entendió un capítulo, sólo entonces empezale a contar el otro. Tal como hacés cuando le contás cuentos. Paulatinamente, sin herirlo, hacele comprender que esto no fué un estallido emocional, ni una corazonada, ni una bronca repentina, sino una decisión madurada, un proceso. Explícaselo bien, con las palabras tiernas y exactas que constituyen tu mejor estilo. Decile que no tiene por qué aceptarlo todo, pero que tiene la obligación de comprenderlo. Sé que dejarlo ahora sin padre es como una agresión que cometo contra él, o por lo menos así puede llegar a sentirlo, no sé si hoy, pero acaso algún día o en algún insomnio. Confío en tu notable poder de eprsuasión paar que lo convenzas de que con mi muerte no lo agredo sino que, a mi modo, trato de salvarlo. Pude haber salvado mi vida si delataba, y no delaté, pero si delataba sí que iba a destruirlo. Hoy a lo mejor se habría puesto contento de que papi volviera a casa, pero nueve o diez años despues se estaría dando la cabeza contra las paredes. Decile, cuando pueda entenderlo, que lo quiero enormemente, y que mi único mensaje es que no traicione. ¿Se lo vas a decir?. Pero, eso sí, ensáyalo antes va´rias veces, así no llorás cuando se lo digas. Si llorás, pierde fuerza lo que decís. ¿Estas de acuerdo, verdad?. Alguna vez vos y yo hablamos de estas cosas, cuando la victoria parecía verosimil y cercana. Ahora sigue pareciendo verosimil, pero se ha alejado. Yo no la veré y es una lástima. Pero vos y Andrés si la verán, y es una suerte. Ahora dame la mano. Adios, Aurora...

...gracias a Maia.

Pedro, usted está muerto y yo también.

El Capitán hablándole a Pedro, que acaba de ser torturado:

Pedro, usted está muerto y yo también. De distintas muertes, claro. La mía es una muerte por trampa, por emboscada. Caí en la emboscada y ya no hay posible retroceso. estoy entrampado. Si yo le dijera que no puedo abandonar esto usted me diría que es natural, porque sería abandonar el confort, los autos, etcétera. Y no es así. Todo eso lo dejaría sin remordimientos. Si no lo dejo es porque tengo miedo. Pueden hacer conmigo lo mismo que hacen, que hacemos, con usted. Y usted seguramente me diría: "Bueno, ya ves, puede aguantarse". Usted si puede aguantarlo, porque tiene en qué creer, tiene a qué asirse. Yo no. Pero dentro de mi imposibilidad de rescatarme, me queda una solución intermedia. Ya sé que mi mujer y mis hijos pueden un día llegar a odiarme, si se enteran con lujo de detalles de lo que hice y de lo que hago. Pero si todo esto lo hago, además, sin conseguir nada, como ha sido en su caso hasta ahora, no tengo justificación posible. Si usted muere sin nombrar un solo dato, para mí es la derrota total, la vergüenza total. Si en cambio dice algo, habrá también algo que me justifique. Ya mi crueldad no será gratuita. puesto que cumple su objetivo. Es solo eso lo que pido, lo que le suplico. Ya no cuatro nombres y apellidos, sino tan solo uno. Y puede elegir: Gabriel o Rosario o Magdalena o Fermín. Uno solito, el que menos represente para usted; aquel al que usted le tenga menos afecto, incluso el que sea menos importante. No sé si me entiende: aquí no le estoy pidiendo una información para salvar el régimen, sino una justificación para salvarme yo, o mejor dicho para salvar un poco de mí. Le estoy pidiendo la mediocre justificación de la eficacia, para que no quede ante mi mujer y mis hijos como un sádico inútil, sino por lo menos como un sabueso eficaz, como un profesional redituable. De lo contrario, lo pierdo todo. (el CAPITÁN cae de rodillas). Pedro, nos queda poco tiempo, muy poco tiempo. A usted y a mí. Pero usted se va y yo me quedo. Pedro, este es un ruego de un hombre deshecho. Usted no es inhumano. Usted es un hombre sensible. Usted es capaz de querer a la gente, de sufrir por la gente, de morir por la gente. Pedro, se lo ruego: diga un nombre y un apellido, nada más que un nombre y un apellido. A esto se ha reducido toda mi exigencia. Igual el triunfo será suyo.


...gracias a Maia.
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